Revista de creación La Novicia nº 2

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La promesa y sus enemigos

En 1938 el crítico inglés Cyril Connolly publicó un libro bello y extraño, a medias una memoria de sus años escolares, a medias un ensayo sobre el talento y sobre la perdurabilidad de la literatura. El título “Enemies of Promise” aludía a las dificultades que pueden dañar o malograr por completo una vocación literaria naciente. Cyril Connolly, que fundó y dirigió durante muchos años una de las grandes revistas literarias de la lengua inglesa, Horizon -Virginia Woolf y George Orwell, entre muchos otros, escribieron en ella, estaba, sin duda, motivado por el fracaso relativo de su propia vocación de escritor. Tenía la ambición de publicar novelas, pero solo escribió una, que quedó inacabada. Se quejaba de las obligaciones y los compromisos -artículos, reseñas, trabajos editoriales- que le impedían concentrarse en un proyecto a largo plazo. También se quejaba, con remordimiento, de su propia pereza, de la facilidad que tenía para dispersarse y desalentarse. En esto, Cyril Connolly se parece a cualquiera de nosotros. Después de “Enemies of Promise” solo terminó otro libro completo, aunque no muy largo, y, desde luego, tan fragmentario que casi no parece un libro, “The Unquiet Grave”, bellamente traducido en alguna edición española como “La tumba sin sosiego”.

Por culpa de esa incapacidad, esa pereza, esa impaciencia, que tanto lamentaba en sí mismo, Connolly no logró nunca lo que tanto había deseado, una novela larga, compacta, bien tramada, a ser posible rompedora, como las que escribía Virginia Woolf. Pero hizo algo no menos original, esa “tumba sin sosiego” construida como de retales, de apuntes sueltos, de citas copiadas de otros libros, de brotes confesionales, como un álbum de collages. En vez de tener una forma cerrada y magistral, como él hubiera querido, su libro parece ir haciéndose a sí mismo a medida que uno lo lee, y adquirir el orden abierto, flexible y siempre diferente según el capricho de cada lectura. Puede ser leído con gran placer de principio a final: pero se disfruta más aún cuando se lleva en el bolsillo o se tiene sobre la mesa de noche y se abre al azar, como una especie de I Ching de la literatura.

La “promesa” que Cyril Connolly hubiera querido para sí resultó que no se había malogrado, sino que no era la suya. El gran fotógrafo Brassaï aspiraba a ser un gran pintor, y llegó a estudiar con ahínco y aprovecho Bellas Artes en Berlín. Pero la necesidad de ganar dinero y los desórdenes de la época lo llevaron de Berlín a París, y, como tenía que ganarse la vida con algo, empezó a escribir artículos para la prensa húngara, y después empezó a tomar fotos para acompañar esos artículos, no porque hubiera descubierto una vocación de fotógrafo, sino porque así ganaba un poco más de dinero. No sabemos qué clase de pintor habría sido Brassaï. Los dibujos suyos que se conocen tienen mucha belleza, pero no puede decirse que sean memorables. Lo que sí sabemos, sin la menor incertidumbre, es que se convirtió en uno de los grandes fotógrafos del siglo XX, uno de esos artistas tan originales que influyen no solo sobre el arte que han cultivado, sino sobre la manera universal de mirar.

Cada vocación es una promesa, en cualquiera de las artes o de los saberes; una promesa que es preciso cultivar, no solo para que no se pierda, sino para que pueda alcanzar su grado máximo de cumplimiento. Ese cultivo es responsabilidad personal de quien se siente llamado a una cierta tarea -es el sentido etimológico de la palabra vocación-; pero también hace falta un grado suficiente de igualdad, de justicia social, de acceso universal a una educación de calidad, para que ningún talento se quede sin descubrir, para que por culpa de la falta de posibilidades haya personas que no lleguen ni siquiera a saber qué habrían podido lograr, inventar, componer, pintar, escribir.

Y también hace falta, de manera sutil, una disponibilidad para aceptar lo que venga, para descubrir así lo que tal vez nuestra pura voluntad personal no habría encontrado. Yo me alegro mucho, como lector y admirador de lafotografía, de que Cyril Connolly no llegara a ser novelista, ni Brassaï pintor.

Antonio Muñoz Molina

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