Pensar la Fundación

Pensar la Fundación

Escrito por Ben Clark

He hablado mucho sobre la Fundación. De vez en cuando me asalta el miedo de haber hablado demasiado (delante de personas que no han pisado nunca su claustro, o de personas que apenas la conocen de oídas; personas que, por lo general han sido pacientes conmigo a pesar de identificar en mi relato cierto deje nostálgico entre tierno y repulsivo) y es entonces cuando me dedico largamente a pensar al Fundación. Esto, pensar la Fundación, es algo que puedo hacer y que, junto a un buen puñado de creadores, me diferencia para bien o para mal de muchos otros jóvenes que han tenido la suerte de recibir la beca a lo largo de todos estos años.

Porque para nosotros, los miembros de la tercera promoción, la Fundación era abarcable mentalmente, como lo era para la primera, obviamente, para la segunda y, quizá, para la cuarta, aunque de esto no estoy seguro. Antes de nuestra llegada habían habitado el antiguo convento de Ambrosio de Morales unos 33 creadores; dos promociones cuyos nombres conocíamos y cuyas aventuras y desventuras (junto a la noticia de sus creaciones, por supuesto) nos llegaban de la boca de Antonio Gala, a través de las arengas de la directora de entonces, de los bisbiseos del bibliotecario y de las charlas con el resto del personal. La Fundación era, por lo tanto, “pensable” en el sentido más literal y sus dimensiones eran, para parafrasear a Gil de Biedma, las dimensiones del teatro. Pensando en cómo pensaba la Fundación me he dado cuenta de que las cosas han cambiado mucho —“pero ha pasado el tiempo”, nos recuerda Jaime— aunque aquí no pretendo adivinar ninguna verdad desagradable que asoma.

Las cosas han cambiado porque los Residentes de la decimocuarta (!) promoción no pueden tener un esquema mental de las ramificaciones de “su” Fundación (que es, claro, también la nuestra). Y este es el gran logro: se ha creado una red inmensa pero a la vez muy particular, una red que, acaso, sólo pueda “pensar” Antonio Gala (diría que sólo él es capaz) pero que existe, la piense alguien o no, y que, como un árbol, extiende sus ramas y sus raíces por todo el mundo, ya, creando un vínculo entre personas que no se conocen, que quizá nunca lleguen a conocerse, pero que se saben conectados a través de las horas, los días, las semanas y los meses vividos en un espacio soñado.

Pienso en las dos promociones anteriores a la mía, en los creadores que se convirtieron en amigos y que a día de hoy veo con frecuencia y cuyas obras admiro. Pienso en mis compañeras y compañeros de la tercera promoción (promoción que, dicho sea de paso, fue la mejor promoción de todas, de la misma forma que todas las demás sienten que la suya es la mejor y la única y verdadera —“como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante”—) y me doy cuenta de que la “misión” de la Fundación no se había cumplido, como supuse tras mi estancia, con el tiempo, el techo y la comida que nos había regalado: es ahora cuando la Fundación empieza a adquirir su sentido verdadero; es en su permanencia, en su paciencia, en su capacidad para generar, año tras año, a doce, trece, catorce creadoras y creadores individuales que cumple con el impagable cometido de empequeñecer la falta de creación que asola el mundo, ahora más que nunca.

Es por esto que he decidido elegir este tema para hablar de la Fundación, porque se trata, quizá, de uno de los aspectos fundamentales y acaso uno que podría pasar desapercibido para los Residentes, que deben sentir, como yo sentía, que son los primeros, acaso los únicos habitantes de sus respectivas habitaciones (y así debe ser, pues son, en cierta forma, los primeros y son, desde luego, únicos). Pero forman parte de una comunidad muy grande en la cual tengo mucha fe y por la que siento un afecto que me emociona cuando pienso en lo que debe sentir Antonio Gala, culpable de todo.

Hay que aprovechar esta red, hay que acudir a ella en los momentos de crisis y dudas, porque es una red de amigos. El mejor regalo de la Fundación no es el tiempo, ni las vistas desde el mirador ni tampoco el estupendísimo salmorejo: son los amigos que te llevas, la amistad sincera de Antonio y todo lo que uno puede hablar cuando, inesperadamente, pronuncia ante un “desconocido” la frase: “Ah, ¿estuviste en la Fundación? ¿De qué promoción eres?”.

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