Vuelvo a casa

Vuelvo a casa

Escrito por María Zaragoza

En unos días vuelvo a la Fundación Antonio Gala. Parece una frase sencilla, pero supongo que a estas alturas ya creo que las frases sencillas son las que encierran más misterios y por ello me gustan. Cuando leo esa frase siento de nuevo recorrerme la emoción desorientada de aquel primer día que atravesé sus puertas para quedarme.

Cuando fui becada, la moda de Harry Potter estaba en su máximo apogeo, y recuerdo que pensé que el pequeño mago debía haber sentido una emoción semejante al recibir la carta de admisión de Hogwarts a la que sentí yo cuando recibí la llamada que confirmaba mi estancia. En principio la premisa era casi idéntica: un curso lectivo para desarrollar unas capacidades que ni él sabía que tenía ni yo por entonces estaba muy segura de tener. Supongo que la creación y la magia no están tan distantes al fin y al cabo.

El trabajo de creación es un trabajo solitario. Por lo general un creador es una persona que trabaja proyectando en palabras o imágenes algo tan abstracto y personal como una idea. El creador está solo ante su proyecto, sí, pero Antonio Gala tuvo la visión genial de unir varias de esas soledades bajo un mismo techo y la disposición generosa para hacerla realidad. Al fin y al cabo, cuando las soledades creativas se unen suelen mezclarse, fluir entre ellas, comprenderse, apuntalarse, todo lo necesario para que, unido al esfuerzo, la creación avance y el creador crezca. Quiso que fuéramos muy jóvenes para que nuestra convivencia fuese permeable, para facilitarnos la capacidad de aprender de los demás y de enseñar incluso cosas que desconocíamos que sabíamos. Y funcionó. Para mí las paredes del convento en el que está instalado la Fundación son mi hogar y todos los becarios que por ella van pasando mi familia.

Este año no he ido todavía y, pensando en los becarios de este año, ya me entra aquella misma comezón que el día que iba a conocer a mis propios compañeros. ¿Cómo serán? ¿Qué estarán haciendo? ¿Qué proyectos traerán entre manos? ¿Entenderán que soy parte de su familia como entiendo que ellos son parte de la mía? ¿Cómo nos podremos apoyar? ¿Les serviré de ayuda?

El amor que tengo a esa mi casa proviene de la certeza de que Antonio Gala y esas paredes conventuales me hicieron el regalo que necesitaba para continuar: depositaron en mí su confianza, me enseñaron a medirme conmigo misma, me mostraron de lo que era capaz, me enseñaron que hay más gente en el mundo como yo y que, aunque a veces lo crea frente al papel, no estoy tan sola. Mis compañeros, becarios del pasado, actuales y futuros, tienen las mismas inquietudes y objetivos que yo. Somos una familia unida por la creación y por una beca. Eso, para mí, es magia.

A unas horas tan solo de volver, regresa a mí el nervio aquel postadolescente, la energía necesaria para terminar mis proyectos, el aire nuevo en los pulmones de los becarios de este año. Todavía es posible para mí recargar mi energía en la Fundación. Supongo que en gran parte es el saberme parte de un proyecto generoso llevado a cabo en tiempos egoístas lo que hace que los ojos se me llenen de ilusión cada vez que la piso. En estos tiempos en los que nos han intentado convencer de que la cultura ha de ser proscrita, que todavía queden lugares y gente a la que acudir y llamar hogar, es una bendición.

Vuelvo, una vez más, a casa.

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